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Posts Tagged ‘la gente está fatal’

Introducción.

En origen el final del año e inicio del siguiente era una época religiosa de celebración de dos fiestas religiosas (Navidad, Reyes Magos) más el inicio de año con sus respectivas noches, pero se ha convertido en lo que es en la actualidad: Una gran superstición colectiva.

Si estas celebraciones religiosas estaban relacionadas con la conmemoración del nacimiento de Jesucristo, con la “redención” del ser humano, con un acto pienso que íntimo y personal, y por lo tanto, con el bien, al convertirse en una superstición, ahora están relacionadas con lo contrario, con el miedo supersticioso de repetir los rituales, con el consumismo, la masificación colectiva, con la corrupción de su identidad original auténtica, y por lo tanto, con el mal. El mal es la corrupción del bien (además de posiblemente otras cosas).

La gran superstición saca lo peor de la gente (miedo supersticioso; hipocresía en las felicitaciones navideñas; codicia, envidia y frustración en la lotería; mentira y engaño en los Reyes Magos; discusiones familiares y rupturas de parejas; etc.), y es usado por el poder para sus malévolos fines (propaganda multirracial en los Reyes Magos, recaudar dinero con la lotería, consumismo, etc.).

Dura como mínimo un mes y tiene 5 fases importantes: (más…)

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Hoy en día se promociona trabajar gratis de una manera descarada. Forma parte de la propaganda y de la mentalidad progre, y el objetivo es facilitar la implantación de una sociedad socialista o comunista, en la que los mismos individuos tengan incorporada la mentalidad adecuada que la haga posible o que la facilite. Los ejemplos más claros y actuales que se me ocurren son:

  • Voluntariado social: Recuerdo la política golfa del PSC Anna Balletbó en un pseudo-debate en TV hace años decirle a un chico que lo que tenía que hacer era irse a África a ejercer voluntariado social. Así hay muchos tontos, que se preocupan más de alguien con quien no tienen nada en común y vive a miles de km. de distancia que de sus vecinos.
  • Wikipedia: Gente escribiendo, copiando o traduciendo textos para que estén libremente a disposición de cualquiera gratis.
  • Software libre: Programar gratis. Hay un extraño idealismo asociado a esto del software libre que mueve montones de blogs y de gente. Tienen buenos argumentos y su parte de razón, pero no es eso lo que critico, sino el idealismo de enfrentar a su demonio (Microsoft) trabajando gratis en Linux y en muchos otros proyectos de software “libre”, en vez de, o además de exigir a los gobiernos que haya libre mercado real, que nunca lo ha habido desde que Microsoft empezó a ejercer prácticas desleales contra la competencia, (desde el principio), o exigir a los gobiernos que prohíban la fusión de multinacionales, que concentran el poder y acaban con la libre competencia. Además, hay un evidente doble rasero de medir, pues mientras aborrecen a Microsoft, idolatran al cuasimonopolio Google. Y es que la propaganda progre respeta a Google, porque esta ha estado financiando Firefox (para joder a Internet Explorer de Microsoft, no por amor al arte), y porque tiene un modelo de negocio más basado en la gratuidad que Microsoft (porque se lo pueden permitir, porque son un buscador que puede colocar anuncios en los resultados que ofrecen, no por amor al arte).

Desengaño.

Los más listos se desengañan enseguida. Los que se dedican al voluntariado social, aprenden la auténtica naturaleza y mentalidad salvaje de los “pobrecitos inmigrantes” y de los nativos africanos o indígenas amazónicos, y vienen más espabilados, curados del mito del “buen salvaje” de Rousseau. Recuerdo una chica que se asqueó tras pasar por Cruz Roja. Bien. Recuerdo también leer a un desengañado del software libre escribir en ese nido de progres que es Barrapunto sobre lo arrepentido que estaba de haber perdido su tiempo en el software libre. Y qué decir de la legión inmensa de rebotados de Wikipedia… En fin, les está bien empleado a todos ellos.

Auto-menosprecio.

Como explicaré en otro artículo (“El tipo psicológico izquierdista”), los progres son por naturaleza borregos y débiles, y en su complejo de inferioridad (explicado también muy bien por Unabomber en su manifiesto contra la sociedad tecnológica), sienten un gran alivio sintiéndose superiores moralmente al trabajar gratis, al cumplir con el mandamiento que les encomienda realizar los sacerdotes (medios de comunicación y políticos) de su religión (progresismo). Pero lo cierto es que al trabajar gratis, entre otras cosas, se están menospreciando a sí mismos. ¿Tan poco valen que no cobran por su trabajo? Y no vale con acusarme de mentalidad materialista, que hay dos objeciones bien claras a dicha acusación:

  • El dinero sirve para medir y para regular el valor de los bienes y servicios de una manera eficiente. Quien trabaja gratis hace competencia desleal a quien no, se minusvalora a sí mismo, a su propio trabajo y alguien se beneficia al no tener que pagar por sus servicios que de otra manera le costarían algo. Se desequilibra el sistema.
  • El resto de la sociedad no ofrece sus productos y servicios gratis. El supermercado no regala la comida, ni la ropa. La empresa telefónica cobra (y bien caro) por el teléfono e Internet. La gasolina cuesta dinero, y el mecánico no trabaja gratis. El médico hace una gran labor social, y el policía, y el bombero, pero no lo hacen gratis. Y así todas las profesiones. Así que lo de trabajar gratis es la mayor no sólo gilipollez sino encima canallada para aprovecharse de la gente.

Los que trabajan gratis es o porque son niñatos con la cabeza llena de pájaros que viven a costa de sus padres, o porque tienen un trabajo del que viven. En ambos casos tienen la manutención asegurada, y mientras el segundo caso es aceptable, gente que podría interpretarse como desinteresada, el primero es todo lo contrario, gilipollas integrales. (más…)

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Hace tiempo encontré un vídeo en este foro en el que se ve cómo unos buitres se abalanzan sobre el botín y lo terminan bien rápido, a pesar de las exclamaciones de la empleada que dice indignada: “Pero por favor, ¡qué vergüenza! ¡qué verguenza!”:

Lo cual me ha hecho recordar un suceso ocurrido hace años, desagradable pero útil, pues me hizo pensar en algo en lo que no había pensado antes:

Había en la calle una gran aglomeración de gente y me acerqué con curiosidad para enterarme de qué era aquello. Era una promoción, no recuerdo si de una empresa o del ayuntamiento, y regalaban algo de comer. Así que me propuse recibir mi parte, a ver qué tal.

Desde el principio me quedó claro que llegar a los mostradores iba a costar bastante tiempo, porque había mucha gente apelotonada alrededor avanzando muy despacio. Pero tras llevar un par de minutos ahí, intentando avanzar, me di cuenta de cuál era el peor inconveniente: Los empujones, apreturas, pisotones y codazos que estaba empezando a recibir de la gente que me rodeaba, y que yo, aunque no quisiera, también estaba contribuyendo a dar a los demás, por la presión de la gente, y nunca mejor dicho esto de presión.

Era como viajar en el metro cuando está abarrotado. No, era peor, porque recuerdo perfectamente cuando cogía el metro lleno de gente que las apreturas se producían al entrar o al salir, pero el resto del trayecto había inmovilidad. En cambio en esta situación, las apreturas se producían desde que uno se unía al mogollón de gente hasta que pudiera llegar al mostrador, pues había que avanzar entre una masa de gente que también quería avanzar, produciéndose una situación de tensa competencia, y luego, al llegar a la meta y obtener el “premio”, tener que escapar del lugar lo más deprisa posible, no vaya a ser uno aplastado por la marabunta. Y no sólo eso, sino que en ese lugar se notaba claramente el ansia, el deseo de la gente por alcanzar el mostrador. No es lo mismo recibir un golpe o un empujón de manera accidental, que recibirlos de gente que te rodea ansiosa por llegar a un sitio, y que te ve a ti como un obstáculo contra el que competir, al que eliminar. Percibir ese ansia es muy desagradable, sobre todo porque es una situación esencialmente estúpida, que no lo merece.

Con el poco tiempo que llevaba ahí y lo poco que había avanzado, había recibido ya una gran cantidad de empujones y apretones, por lo que estimé enseguida que para cuando hubiera podido llegar al mostrador el trato vejatorio recibido acumulado habría sido enorme, y la verdad, no me merecía la pena, así que abandoné y me fui.

Y es que siempre hay un precio que pagar. En este caso, el producto a obtener no se paga con dinero, sino con tiempo perdido y sobre todo, trato vejatorio, y mucho además, muy excesivo, necesario para alcanzar el mostrador. Prefiero pagar con dinero, y hacer la compra de una manera cómoda y fácil, a pagar con empujones, pisotones y demás incomodidades por algo cuyo precio monetario es ridículo. No quiero pensar qué habría pasado si lo que regalaban hubiera sido algo de gran valor, como un coche o un piso: la gente se habría apalizado entre sí, llegando al mostrador solamente los más bestias.

Y eso, que siempre hay un precio que pagar, es lo que la gente que estaba ahí no entendía o no quería entender, y ahí seguían, empujándose los unos a los otros, pisándose, etc. Aguantar lo que fuera necesario con tal de poder luego presumir ante los demás de que les han dado “gratis” algo, una minucia, minusvalorando la verdad: que han tenido que pagarlo carísimo en sí mismos recibiendo un trato vejatorio de gente desconocida y ansiosa, y agrediendo de la misma manera al resto de la gente.

Debe haber una motivación inconsciente relacionada con la autoestima para hacer lo que sea con tal de conseguir algo “gratis” en precio económico. O quizá sea que se ven dominados por el ansia que he mencionado, por una fijación mental por conseguir el regalo, y el asunto pasa a ser una cuestión personal, de orgullo, de conseguirlo como sea, abandonando cualquier análisis mínimamente racional de la situación, quedando dominados por la idea obsesiva de conseguirlo, y es grotesco percibirlo desde afuera.

Qué bien que me di cuenta enseguida de la trampa y huí del lugar. ¡Que se maten entre sí, los muy gilipollas!.

Etiquetas: la gente está fatal, vídeo.

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En esta época de fiestas navideñas que recién ha acabado, aumenta la cantidad de comidas con familiares, amigos y gente del trabajo, lo cual conlleva tener que sufrir a cierta clase de gente que come como cerdos, con ansia, con prisas, ensuciándolo todo. Una auténtica vergüenza, y es algo que no entiendo, que no me cabe en la cabeza que haya quien se comporte así.

Por supuesto, pido perdón por adelantado a los cerdos por compararlos con semejante clase de humanos. Lo hago porque es una costumbre humana comparar ciertos comportamientos con los de los animales, aún sabiendo que los animales tienen más clase y elegancia que los humanos.

Hay varios asuntos a considerar con este problema:

1. La educación.

Cuando varias personas comparten mesa el acto de comer deberían realizarlo a una velocidad similar, no unos a toda prisa y otros con calma y parsimonia, para evitar que unos terminen y se queden esperando ociosos a que terminen los demás. Parece razonable pensar que para conseguir esto los que van más rápido deberían frenarse y los que van más lento acelerar. Alguna vez he intentado acelerar, pero es imposible alcanzar la velocidad del que no mastica ni saborea y que sólo traga, y que no tiene ninguna intención en frenar. En realidad, son los que van más rápido los que deben frenarse más que acelerar los que van lento, pues en una comida de celebración en la que la comida es más que una comida, es un acto social relajado y distendido, en el que se compagina la comida con la conversación, ni hay motivo para comer deprisa ni tampoco para obligar a los demás a hacerlo.

Pero no es terminar de comer antes el principal problema a considerar en relación con la educación, desde luego. El principal problema es que la velocidad en el comer suele ir acompañada de torpeza en el comer, que produce que a dicha gente se le caiga la comida de la boca o de la cuchara/tenedor, ensuciándolo todo, y esto sí que es intolerable. Encima, la gente que come deprisa tiene el atrevimiento de acusarnos a los demás de comer despacio, pero es precisamente el hecho de ensuciar la mesa, el mantel, y en los casos graves incluso el suelo cayéndoseles la comida lo que demuestra que no es cierto que algunos comamos despacio, sino que son ellos los que comen tan deprisa que no pueden evitar guarrearlo todo. Mejor que limpiar es no ensuciar, y el acto de comer implica no sólo comer, sino también no ensuciar nada innecesariamente. Por lo tanto, no es sólo que coman deprisa, es que no saben comer.

Y es que ensuciar no es sólo desagradable desde el punto de vista estético, sino también práctico, pues reduce el espacio disponible en la mesa (espacio limpio), para colocar la vajilla, los cubiertos, el pan, etc.

No se exige a nadie un rígido protocolo de la alta sociedad para comportarse en la mesa, ni un esfuerzo descomunal como adelgazar 40 kilos o correr una maratón, sino solamente unos mínimos detalles de sentido común que no me parecen nada gravosos en cuanto a esfuerzo que hagan la experiencia de comer en público aceptable para todos. En privado, que hagan lo que quieran, pero en público, por su bien y el de los demás, que se comporten bien.

Está claro que la falta de costumbre de comer bien en privado provoca la dificultad para hacerlo luego en público. Para mí, no es ningún esfuerzo comer bien ni en público ni en privado, pues siempre defiendo la idea de que uno debe exigirse un mínimo de calidad en lo que hace, ya sea comer, escribir, o lo que sea, y cuando uno lo hace así, adquiere la saludable costumbre y ya no es ningún esfuerzo seguir haciéndolo. Pero aún así, aunque no se tenga adquirido dicho saludable hábito, no veo motivo para estar acostumbrado a comer como un cerdo en privado y luego en público no ser capaz de comer decentemente poniendo un poco de atención. Si no lo hacen es porque no quieren realizar ese pequeño esfuerzo.

2. La salud.

Los médicos recomiendan masticar bien los alimentos antes de tragarlos, pues la digestión comienza en la boca, facilitándole así el proceso al estómago. Esto permite aprovechar mejor las sustancias nutritivas que contienen. Pero no hace falta que lo diga ningún médico, pues es algo de sentido común.

Incluso hay estudios que indican que la gente que engulle en vez de comer engorda más al no poder el cuerpo cuantificar exactamente la cantidad de comida que ha ingerido, comiendo en exceso. En efecto, parece lógico pensar que asociado al estímulo del hambre el cuerpo mantiene algún mecanismo que mide cuánto se ha comido ya, de tal forma que según se va comiendo el cuerpo va desactivando el mecanismo del hambre o ganas de comer. Para que el cuerpo lo pueda hacer bien, es necesario por tanto comer a una velocidad adecuada, dándole tiempo al cuerpo y a la mente a valorar el proceso, y no engullir a toda prisa.

3. El placer de comer.

Por último, es bien sabido que comer es un pequeño o gran placer, y que por ello, como algo placentero que es, hay que realizarlo sin prisas, pues lo que interesa es que el placer dure más, no menos, y dura más saboreando y masticando la comida, no engulliendo y tragando ansiosamente. Cuando se come, la comida está al servicio de uno. Cuando se engulle, uno está al servicio de la comida. Que no se me malinterprete: no defiendo el eternizarse comiendo, sino solamente dedicar a dicha actividad el tiempo necesario.

Cuando se tiene hambre, y/o cuando la comida es especialmente sabrosa apetece más comerla, pero eso no debe ser motivo para ser dominado por las ansias de engullir, sino aprovecharlo en nuestro favor para disfrutar más al comer (y al beber).

4. El carácter de los que comen como cerdos.

La gente que come como cerdos parece no ser consciente de la imagen tan patética que envían al exterior, y no sólo es problema de imagen, sino que reflexionando un poco se obtienen desagradables conclusiones sobre la forma de ser de este tipo de gente:

  • Falta de voluntad: Alguien que no es capaz de controlar las ansias de comer demuestra una gran falta de voluntad y de autodominio, pues el esfuerzo a realizar para comer bien es poca cosa.
  • Falta de respeto: Quizá el problema no sea de autodominio, sino que simplemente les importa un pimiento la gente de alrededor, ensuciarlo todo y quedar como cerdos. Peor todavía. Si comen así, con estas ansias, se puede pensar también que otro tipo de cosas relacionadas con deseos y placeres las realizan de la misma chapucera manera, con iguales prisas: ¿Sexo? ¿conducir un coche? ¿resolver un problema?.
  • Estupidez: Hay que ser idiota para no entender los anteriores puntos (2, la salud, y 3, el placer de comer), y seguir comportándose así.

En definitiva: Es muy cierto que se conoce a la gente por cómo se comporta en actividades públicas como la mesa o el juego.

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Desde hace tiempo está de moda ir de malo y de rebelde por la vida, y presumir de no creer en nada, y de pasar de todo. Esto ya debería hacer sospechar que es algo fomentado por el Sistema, sobre todo viendo ejemplos de ello en el cine o la TV, espejos que siempre muestran lo que se quiere mostrar.

Un ejemplo de esto es un tipo que tiene un blog llamado Beelzebyte. Su blog se llama “Blog de un asesino en serie (¡que os jodan!)”. No me creo que sea un asesino en serie de verdad. Más bien, es una manera de provocar y de llamar la atención. Pero vayamos a su mentalidad e ideología:

En la adolescencia tenía a las mujeres idealizadas por su belleza y en la actualidad las desprecia. Desprecia a los hombres y a las mujeres, dice, pero también dice que es partidario de la paridad y de la igualdad… la igualdad en la basura, más bien. Y ante la reciente celebración de la Fiesta Nacional del 12 de octubre, dijo que su nación empezaba y terminaba en él mismo, llamando putas tanto a España como a cada una de sus regiones, incluyendo la suya, Cataluña.

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El lenguaje es un instrumento de comunicación, y así debe usarse, para transmitir ideas, información o incluso sentimientos.

Pero hay una clase de gente, mucho más habitual entre mujeres que entre hombres, que gusta de hablar (si les dejan), durante horas y horas seguidas, diciendo gilipolleces, una tras otra, y no cosas con sustancia, como es lógico, debido a que:

  • La probabilidad de decir tonterías aumenta con la cantidad de tiempo que se está hablando. Hay un dicho muy acertado y divertido sobre esto: “Más vale estar callado existiendo la sospecha de ser idiota, que hablar y despejar toda duda”. Otro dicho muy acertado: “Lo poco gusta y lo mucho cansa”.
  • Las cotorras son del tipo de gente extrovertida, menos inteligente que la introvertida, lo cual es lógico y evidente, (y quien no se lo crea, tiene estudios hechos que lo prueban).
  • El motivo más importante es que la naturaleza de esa verborrea es la carencia de una mínima capacidad de introversión y de “voz interior”. No es una verborrea transitoria que cualquiera puede sufrir en un momento determinado por un disgusto, un ataque de ira o por haber realizado una reflexión interesante. Por ejemplo, yo suelto unos buenos rollos aquí, pero no repito ideas. Son textos de análisis y reflexión sobre un asunto concreto, resultado de haber estado pensando o investigando dicho asunto previamente, y son textos escritos, que tampoco son demasiado largos de leer, para quien los quiera leer, no hablar por hablar sin cesar de cualquier asunto sin interés.

Por el contrario, las cotorras tienen verborrea permanente, producto de su carácter patológico. Lo que en el resto de la gente son pensamientos propios, interiores, que no salen hacia el exterior, (ni deben salir hacia el exterior), por ser pensamientos y reflexiones faltos de interés para el resto de la gente, o por ser cosas íntimas, en las cotorras, por el contrario, salen continuamente al exterior en forma de palabras.

  • Las cotorras suelen tener una mentalidad obsesiva y repetitiva, que explica la duración de los rollos tan largos que sueltan (repetición constante de las mismas cosas). Al mismo tiempo, le transmiten a uno sus ideas obsesivas sobre los asuntos que les preocupan, (no confundirlo con que alguien normal te cuente un problema concreto un día; las cotorras son obsesivamente repetitivas siempre). Esto da idea del origen de su comportamiento verborrágico: una mentalidad obsesiva descargada al exterior.

El objetivo de las cotorras es encontrar a un pringao que les aguante sus rollos macabeos. Alguien de carácter introvertido que “sepa escuchar”. Dicen que saber escuchar es una virtud. Será una virtud desde el punto de vista de las cotorras, porque desde el punto de vista del infeliz que las tiene que aguantar, es un defecto. Y yo soy de esa clase de gente. Parece, además, que tengo imán para las cotorras. Antes, además, era más tímido y se me hacía más difícil librarme de semejante lapa que se me pegaba, pero con el paso del tiempo, uno adquiere soltura en despegar a esos pegajosos seres de encima, y además, es un gran placer hacerlo.

Porque hay que tener en cuenta, que a esa gente pesada no la aguanta nadie, con lo cual, despegártelos de ti es simplemente hacer lo mismo que todo el mundo hace con ellos, con lo que tu comportamiento no puede ser tachado de peor que la media. Pero si, por tener quizá falta de eso que llaman “habilidades sociales”, te los despegas de una manera excesivamente brusca y cortante, tampoco tendría ninguna gravedad, pues son ellos los que están abusando de ti, no tú de ellos. Son esas sanguijuelas las que quieren ocupar tu tiempo con sus gilipolleces, aburrirte y marearte, no al revés.

Las cotorras encima tienen la caradura de decir que “necesitan hablar”, como si su necesidad fuera justificación suficiente para satisfacerla. Yo también necesito el dinero que hay en el banco y no voy a atracarlo.

Así que, cuando aparezca una cotorra por el horizonte: ¡Patada en el culo y arreando!.

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Aunque quizá yo parezca un poco antipático, en realidad tengo mucha paciencia y aguante con la gente. Aunque haya discutido con alguien hace tiempo, no me importa hacer borrón y cuenta nueva y procurar olvidar los problemas pasados (salvo que sea por asuntos especialmente importantes). Si se trata de familiares, probablemente más todavía.

El problema es que hay gente que no lo sabe valorar y te toma por idiota. Esa actitud la interpretan como debilidad en vez de magnanimidad. No entienden que el que uno dé otra oportunidad de hacer las cosas bien es solamente eso, otra oportunidad y la última. Lo interpretan en cambio como una señal de que eres un pelele del que se va a poder seguir abusando indefinidamente.

En realidad esa clase de gente me hace un favor, pues al repetir su comportamiento, reafirman mis conclusiones sobre lo que son, por partida doble, justificándome plenamente para mandarlos definitivamente al cuerno para siempre, cosa que hago muy satisfecho.

He tenido un caso de estos hace poco con un familiar, que empezó a llamarme por teléfono, porque estaba interesado en operar en Bolsa a través de Internet. Quería comprarse un ordenador, y que alguien lo configurara (el pringao, claro), y que le instalara el programa para ver los gráficos bursátiles, que le enseñara a interpretarlos, etc. Y bueno, ahí fui, y poco tiempo ha hecho falta para darme cuenta de nuevo que te ven no como alguien haciéndoles un favor, sino como un criado al que mangonear, no teniendo ellos ni interés en aprender ni respeto por quien, sin ninguna necesidad, se presta a echar una mano.

Esto, además, me resulta bastante complicado de entender. Parece natural que el que enseña a alguien se pase de prepotente o de engreído, pero me cuesta entender que esa actitud la siga el que está en el lado opuesto, el que está para aprender. Es de esas cosas que ni se me pasan por la cabeza hasta que las observo en alguien.

Pues va listo: ¡A la mierda, gilipollas!.

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