Ante el empeño que las dictaduras democráticas tienen en implantar el llamado “delito de odio” para defender supuestamente a algunas “minorías”, hay que decir lo siguiente desde el punto de vista moral:
1. El derecho a odiar.
Todo el mundo acepta el derecho a amar lo que cada cual quiera. Siendo el odio lo opuesto del amor, también hay que aceptar el derecho de odiar lo que cada cual quiera. Querer llegar al punto de censurar y reprimir no solamente los actos, sino incluso los sentimientos y emociones es querer invadir totalitariamente al individuo, pues los sentimientos y emociones son absolutamente privados a cada individuo, a diferencia de sus acciones que causan efectos en los demás.
2. La causa del odio.
El odio es la percepción de la existencia de una injusticia no corregida. A diferencia del amor que dicen que es ciego, el odio tiene siempre una causa, que puede ser fundada o infundada, pero que existe, y es la que genera esa percepción de injusticia no corregida:
- Odio fundado: Es la reacción ante el ataque contra algo que uno quiere, como por ejemplo, la reacción ante los ataques contra la propia familia, nación o religión.
- Odio infundado: Es la reacción ante un ataque inexistente pero sentido como real, como el odio generado por el victimismo separatista falseando la Historia, o el odio surgido de la ambición no satisfecha.
Para corregir el odio, hay que corregir la causa, haciendo justicia.
Pero los que defienden la implantación del delito de odio no están interesados realmente en eliminar el odio y por lo tanto, en hacer justicia. Si estuvieran interesados en eso, les bastaría con prestar atención a la causa del odio y eliminarla, con lo cual desaparecería el odio.
No, en lo que están interesados es en mantener la injusticia sin corregir, tapando los efectos que produce (odio) mediante censura y represión contra los que reaccionan con odio ante las injusticias no corregidas. Así, el “delito de odio” es simplemente un mecanismo de censura y represión legislativo del poder dominante y opresor para que este pueda seguir ejerciendo sus injusticias sin ser corregidas, sin restablecer la justicia. Adicionalmente, pretenden impedir el crecimiento de ese odio entre el resto de la población ignorante de las injusticias que está sufriendo, que pondría en peligro el mantenimiento del poder por los criminales que lo detentan.
3. Ser minoría.
La minoría por el mero hecho de serlo no tiene ningún derecho a disfrutar de ninguna ventaja respecto de la mayoría. Ser minoría no da ninguna categoría de superioridad moral sobre la mayoría.
Además, no todas las minorías son iguales: No es lo mismo una minoría de población autóctona que ha decidido no seguir la corriente de la mayoría, que un conjunto de gente que forman una minoría por ser extranjeros en un país. En el primer caso, por poseer el carácter nacional podrían tener a priori el derecho a defender su identidad minoritaria. En el segundo caso no, pues se trata de un grupo de extranjeros (los de siempre y a los que apoyan) que quieren obtener ventajas que no se merecen, a las que no tienen derecho, en un país que no les pertenece, a costa de la propia población del país: Supremacismo.
Por lo tanto, no es de extrañar la hipocresía de la minoría supremacista que mientras esgrime el delito de odio como arma de censura para mantenerse a salvo de críticas, use sus propios odios, fruto de la ambición supremacista, contra la mayoría sin considerar a eso, “odio”.
A la verdad la llaman odio los que odian la verdad.
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