Estoy harto de que cierta gente, (y no poca), reaccione con burla e incredulidad cuando alguien denuncia algún hecho de gravedad, calificándolo de “absurda teoría conspirativa”.
Esta reacción ante los indicios y con frecuencia, incluso con los hechos, los datos y las pruebas, demuestra que el individuo en cuestión prefiere creer lo que quiere creer antes que creer lo que los datos informan. Algo realmente grotesco, desde luego.
Pero lo que más me llama la atención es que consideren que el concepto de conspiración es algo raro, inusual y que tiene poca base de existir, cuando tras una simple reflexión se obtiene la conclusión opuesta. Y es que, en efecto, si alguien, para conseguir algo, (lícito o ilícito), va a tener que emprender una lucha o enfrentamiento con alguien, lo lógico es que sólo lo haga de manera abierta y dando la cara cuando su superioridad es muy clara, pudiendo literalmente aplastar a su enemigo. En el resto de casos, que son la mayoría, lo lógico e inteligente es hacerlo de manera oculta, enmascarada y sin que se note. Esto es, de una manera conspirativa.
Nadie va a cazar un león, que es más fuerte, o a un pájaro, que vuela y es rápido, de frente, sino poniéndolos una trampa. Hechos conspirativos reales conocidos por todos hay muchos: el 11-S, el 11-M, envenenar al marido, espiar a la competencia, registrarse con otro nombre de usuario en un foro para meter cizaña, etc.
Las ventajas son obvias:
- Minimizar los riesgos de fracaso y los daños sufridos.
- Maximizar la probabilidad de éxito.
- Dificultar al máximo la recopilación y exposición de pruebas del enemigo frente a terceras partes de tus actividades.
Por lo tanto, cuando alguien estúpidamente reacciona negando las denuncias de algún hecho (en lo político, en lo deportivo, en lo social o en el ámbito que sea), calificándolo como “absurda teoría conspirativa”, sin basarse en la crítica de los datos aportados, merece ser respondido así: Sí, idiota, sí: Conspiración.