Largo Caballero – Citas guerracivilistas

8 Junio 2009

En estas citas de Francisco Largo Caballero, líder del PSOE durante la dictadura de Primo de Rivera, la II República y la Guerra Civil, se demuestra que la intención del PSOE era ir a la Guerra Civil e imponer una tiranía como en la URSS:

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“Quiero decirles a las derechas que si triunfamos colaboraremos con nuestros aliados; pero si triunfan las derechas nuestra labor habrá de ser doble, colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la Guerra Civil declarada. Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos”.

19-01-1936 en un acto electoral en Alicante, y recogido en El Liberal, de Bilbao, 20-01-1936.

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“La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la revolución”.

Mitin en Linares el 20-01-1936.

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“La transformación total del país no se puede hacer echando simplemente papeletas en las urnas… estamos ya hartos de ensayos de democracia; que se implante en el país nuestra democracia”.

10-02-1936, en el Cinema Europa. Leer el resto de esta entrada »


ADV (1): William Pierce – Suicidio racial (en español)

7 Noviembre 2008

Programa de radio de American Dissident Voices de 23 de diciembre de 2000.

William Luther Pierce

William Luther Pierce

Suicidio racial
por Dr. William Pierce

¡Hola!

Con el fin de año tan cerca parece un buen momento para hacer balance. Pero antes de hacer el balance del año pasado, miremos al siglo pasado. La característica sobresaliente del siglo XX fue el suicidio colectivo de la raza blanca. En 1900 dominábamos el mundo. Dominábamos políticamente, militarmente, culturalmente, económicamente, científicamente y de cualquier otra manera. Ninguna otra raza siquiera se acercaba. Dominábamos la India y África directamente, y China era en la práctica una colonia económica de Europa y América. El emperador chino permanecía en su trono mientras dejara a los blancos libertad de acción. Japón era la única nación no blanca de importancia con pretensiones de autonomía.

Teníamos armas superiores, fuerzas armadas superiores, comunicaciones superiores, superior transporte, superior agricultura e industria, superiores estándares de salud, de organización, superioridad en cada faceta de ciencia y tecnología. Teníamos las mejores univesidades – realmente, las únicas universidades que se merecían el nombre – los mejores ingenieros. Construíamos cosas que otras razas no podían ni imaginar. Explorábamos, conquistábamos, dominábamos.

Lo más importante de todo era nuestra superioridad moral. Y por favor, no malinterpreten mi uso de ese término. No quiero decir que fuéramos dóciles e inofensivos y que pusiéramos la otra mejilla. Quiero decir que estábamos orgullosos y llenos de confianza. Sabíamos quiénes éramos, y sabíamos que éramos de lejos mucho, mucho mejores que cualesquiera otros, y no estábamos en absoluto avergonzados por el hecho de que fuéramos mejores. Reconocíamos las diferencias raciales de la misma manera que reconocíamos que el Sol sube por el este, y no sentíamos la más ligera necesidad de disculparnos con nadie por eso. El igualitarismo era una enfermedad moral y mental que afligía sólo a unos pocos de nuestro pueblo, a pesar del criminal arrebato de insania igualitaria que fue la Revolución Francesa un siglo antes. Cualquier tipo de mestizaje racial era horrendo para nosotros. Mirábamos el mestizaje con el mismo asco y desaprobación que el bestialismo y la necrofilia. No lo tolerábamos. Y no aceptábamos ni confiábamos en los judíos. Esa era nuestra situación hace un siglo.

Sin embargo, teníamos algunos fallos: unos fallos muy graves. No estábamos vigilando. Estábamos tan confiados en nuestra superioridad que fallamos en atender los avisos de unos pocos de entre nosotros que estaban vigilantes. No prestamos atención cuando unos pocos nos avisaron:

“Hey, tendríamos que hacer algo con el problema racial. Tenemos nueve millones de no blancos en los Estados Unidos, según el censo de 1900, y en el futuro podrían convertirse en un progblema real para nosotros. Comencemos a librarnos de ellos ahora”.

Nosotros pensamos:

“Bueno, mientras se queden en su lado de la ciudad y se queden fuera de la vista, ¿cómo pueden ser un problema para nosotros? Además, son útiles para recolectar algodón y como jardineras, cocineras y limpidadoras”.

Y cuando unos pocos nos avisaron de los judíos tampoco prestamos atención. Unos pocos nos avisaron del daño que los judíos nos habían hecho en el pasado, y de su malevolencia, sobre su creciente riqueza, pero la mayoría de nosotros no tomamos los avisos en serio. Veíamos a los judíos como gente detestable y desagradable, y no les dejábamos entrar en nuestros clubs privados y nuestros mejores hoteles, pero no les considerábamos realmente peligrosos. Ni siquiera nos alarmamos cuando comenzaron a comprar nuestros periódicos y otros medios de propaganda.

Y la falta de vigilancia no fue nuestro único fallo. Estábamos también demasiado dispuestos a pelearnos entre nosotros. No veíamos a ninguna otra raza como una amenaza, así no sentíamos necesidad de suprimir nuestras rivalidades internas, envidias y odios para formar un frente sólido contra el mundo no blanco. Dejamos ulcerarse las viejas rivalidades entre los ingleses y los alemanes y entre los alemanes y los franceses, y entre los ingleses y los boers en Sudáfrica, y entre aquéllos de nosotros que hablaban idiomas germánicos y aquéllos de nosotros que hablaban lenguajes romances o eslavos. No observamos nuestros fallos, nuestras debilidades, pero otros lo hicieron.

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C. Knupfer – El problema del dinero

16 Abril 2008

Esta es la transcripción de un conferencia realizada (según se deduce del texto) antes de la caída de la URSS, en la que el autor trata los siguientes asuntos:

  • El funcionamiento del sistema monetario del capitalismo, un problema sobre el que hay mucha ignorancia, muy infravalorado y poco tratado.
  • La relación entre comunismo y capitalismo. Creo que es la primera vez que trato el asunto aquí.
  • La descripción de ciertos hechos históricos.

El autor tiene una manera de expresarse que si bien no es muy concisa, lo compensa con un estilo coloquial y ameno. Según lo leía, tenía la sensación de estar presente escuchando su discurso. Por lo ameno del texto y lo bien explicado y fácil de entender, así como por explicar tan bien la relación entre comunismo y capitalismo, y por su información histórica, lo incluyo en la lista de mis artículos favoritos. He remarcado en negrita lo que me ha parecido conveniente.

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¡Señoras y señores! ¡Sr. Presidente!.

Mucho hemos oído sobre la toma de posesión del poder en el mundo, sobre el esclavizamiento de los pueblos y de sus gentes, y todo esto es cierto, todo ello viene a constituir antiguos aspectos de lo que está ocurriendo en el mundo; ha venido ocurriendo desde hace varios siglos, pero estos factores no tienen una importancia práctica decisiva, porque no se puede ejercer una influencia simplemente por medio de la expresión de cierta filosofía o ideología, a menos que exista una verdadera fuerza o impulso detrás de ello. Yo creo que fue de Víctor Hugo de quien se dijo que había observado que no hay nada tan poderoso como una idea que ha llegado, que se ha producido en el momento exacto. Felizmente esto es una supersimplificación, porque lo que verdaderamente puede decirse que es cierto es que nada es tan poderoso como una idea y desgraciadamente puede estimarse mala aquella que tiene un apoyo material de volumen suficiente. La Política es el arte de lo posible, como dijo Bismarck, pero también es el arte de lo factible y realizable en términos prácticos.

En mis primeros años, yo me sentía inclinado a dar por bueno y aceptable más o menos automáticamente y sin mucha fuerza, la existencia de dos sistemas básicos que operan en el mundo desde 1917: comunismo y lo que generalmente se conoce como capitalismo, combinados corrientemente con lo que se denomina democracia. Y, sin profundizar mucho en detalles, yo lo acepté como el evidente hecho práctico de que era mucho mejor vivir bajo la dispensa democrática capitalista que bajo el comunismo. Y entonces llegó la gran crisis de 1929‑30, en que, repentinamente, millones de personas quedaron sin empleo y se produjeron toda clase de otros fenómenos más desagradables que se extendieron por todo el mundo.

Desde luego, después de eso, yo me he dado cuenta de que este sistema conocido como capitalismo no es perfecto; ciertamente, por decir lo menos en algunos aspectos muy importantes resulta trágicamente equivocado. Yo decidí estudiarlo intensamente para tratar de descubrir qué era. Después de aproximadamente un año y medio o dos años de duro trabajo, conseguí dar con ello. Estuve leyendo los dos volúmenes de las memorias del difunto Henry Ford, en las cuales trató de manera muy competente la cuestión del dinero y la financiación de los negocios, de los débitos y de los intereses y así sucesivamente. Y, conforme estaba leyendo estas páginas, de repente vino la conexión ‑ lo conseguí y después de ello comencé a estudiar la cuestión de emisión monetaria, de préstamos e intereses y así sucesivamente. Después entré en contacto con aquellas personas que ya habían realizado mucho trabajo en este sentido y descubrí una completa literatura que explicaba gran parte de este problema. Todo ello vino a confirmar lo que yo había ya descubierto en cierto y considerable grado. No incidentalmente, toda la literatura de lo que nosotros podríamos llamar verdadera nueva economía ha sido escrita en inglés, en primer lugar en Inglaterra y después en los Estados Unidos y existe muy poca participación de ninguna otra parte. En Alemania existen libros que resultan de mucha ayuda, tales como un circunstancial ejemplo, el de Werner Sombart “Die Juden un die Weltwirtschaft” (“Los judíos y la economía mundial”) y algunos otros similares; en francés, más recientemente, han aparecido los libros de Henry Coston, como “Les financiers qui menent le monde” (“Los financieros que dominan el mundo”). Existen otros muchos libros, pero no tratan del problema original.

El problema original, básico, es algo muy sorprendente ‑ aunque tiene tal tremenda influencia y ha influido tanto en el sino de la humanidad en un período de dos o tres siglos ‑ es un problema que, incluso hoy, es muy ampliamente desconocido, o se conoce deficientemente. Y puedo decirles que en los últimos cuarenta años, en que he estado actuando prácticamente sobre todos estos asuntos, he viajado mucho por todo el mundo. Como pueden ver, hablo un poco el inglés, crecí en la Rusia Imperial, de forma que sé hablar ruso, y asimismo francés y alemán. Yo descubrí que incluso entre los puestos de altura, digamos entre los primeros Ministros, o Ministros de Hacienda, o Reyes o Presidentes, prácticamente no existen conocimientos de todos los hechos básicos de la vida económico‑monetaria. Es, desde luego, extraordinario, pero es verdad. Hay excepciones. Ahora se aprecia, así, por qué este sistema no se ha practicado satisfactoriamente desde hace mucho tiempo. Aquí encontramos la circunstancia básica que debemos tener siempre presente como punto de partida para considerar y estudiar los problemas del poder, los problemas políticos, los problemas de la historia de nuestros tiempos, y los problemas de lo que nosotros podemos hacer sobre ello, cómo podemos solucionar y resolver las cuestiones que se nos plantean, cómo podemos contrarrestar los peligros que surgen continuamente.

El problema original y básico que debemos considerar es el problema del poder, el cual, en el mundo moderno, es el poder y el derecho a poner todos los medios de intercambio sin nada como débito que comporta intereses. Y, en los últimos cuarenta años, desde que me vengo ocupando de este asunto, he hecho muchas investigaciones, no sólo en la literatura, sino también hablando y conversando con personas, especialmente banqueros; por ejemplo en los Estados Unidos, donde tuve muchas oportunidades, y donde se encuentran personas que le dicen a uno francamente lo que piensan y lo que saben, y que vienen a admitir hechos que, realmente y en cierto modo, hablan en disfavor de ellos mismos o, por lo menos, en contra del sistema que ellos representan; así pues, lo que yo voy a decirles a ustedes es algo que no se acaba de inventar, sino algo que he comprobado y vuelto a comprobar y en lugares donde los hechos son bien conocidos.

Vean ustedes; si van a un banco del mundo capitalista, y quieren pedir un préstamo de dinero, independientemente de si son ustedes representantes de un Estado soberano, de una empresa, o simplemente actúan por cuenta propia, y dicen que solicitan un préstamo de, digamos, un millar o un millón de libras ‑ello no constituye diferencia ‑ el principio es exactamente el mismo, y el banco le preguntará si tiene garantías, y si estas garantías puede facilitarlas de alguna forma tangible, por ejemplo, un inmueble, acciones, una fábrica, barcos, o cualesquiera otra cosa, y el banco entonces le dice: “Muy bien, usted tiene una buena reputación, le conocemos, dispone de suficientes garantías; le facilitaremos, en consecuencia, un préstamo de un millar de libras, a tal porcentaje de interés”. Después el banco anota en su cuenta corriente: en el haber, la cifra de mil libras. Después, con un talonario de cheques, puede sacar en efectivo o efectuar pagos mediante cheques que se ponen en circulación de una forma o de otra. En países de elevado desarrollo, tales como Gran Bretaña o Estados Unidos de América, más del 95 por ciento de todo el dinero circulante está constituido por dinero a crédito que se maneja por medio de cheques. Ahora bien, el banco que le ha prestado ese dinero, y por el cual le cobra intereses, no ha sacado esa cantidad de ningún otro fondo o cuenta, y, en el acto de prestárselo a usted, ha creado ese dinero de la nada, con la ayuda de media gota de tinta y un par de centímetros cuadrados de papel: eso es todo.

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Citas de origen histórico

14 Enero 2008

Todos conocemos frases famosas que se usan como sentencias inapelables, pero salvo especialistas, nadie sabe el origen de todas ellas. He seleccionado las frases de este tipo que tienen un origen en personajes históricos españoles (y algunas en personajes literarios), y las he ordenado alfabéticamente:

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¡A mí la legión!”.

Grito de guerra de la Legión española, creada por José Millán-Astray (1879-1954) a imagen y semejanza de los antiguos tercios de Flandes y de la Legión Extranjera francesa durante la guerra contra Marruecos. Se escuchó por primera vez en 1927.

“Al enemigo que huye, puente de plata”.

Conviene facilitar la huida del enemigo para librarnos de él sin tener que combatir. Pertenece a Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán (1453-1515).

“Así se las ponían a Fernando VII”.

Los cortesanos de la camarilla del rey, cuando jugaban con él al billar le ponían las carambolas fáciles para hacerle creer que era un experto jugador y así tenerle contento.

“Con la Iglesia hemos topado”.

Extraída de El Quijote, muestra la dificultad de enfrentarse con un enemigo poderoso (en esa época, y extrapolable al que sea en cualquier otra situación).

“Donde una puerta se cierra, otra se abre”.

Extraída también de “El Quijote”. Es una versión del “no hay mal que por bien no venga”, o aprovechar las oportunidades que las malas circunstancias puedan traer.

“En la pelea, se conoce al soldado; sólo en la victoria, se conoce al caballero”.

Los políticos españoles de la primera mitad del siglo XX la tomaron prestada del gran dramaturgo Jacinto Benavente (1866 – 1954) para ilustrar las diferencias entre los que sólo ganan y los que, además, saben ganar.

“España es el único país que se acuesta monárquico y se levanta republicano”.

En la madrugada del 13 de abril de 1931, al día siguiente de celebrarse las elecciones municipales, el jefe del Gobierno de la Monarquía, el almirante Juan B. Aznar (1860-1933), proclamó la República ante los periodistas gracias a este titular antológico.

“Hacer las cuentas del Gran Capitán”.

Alude al esfuerzo y cantidad de soldados empleados por Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, en la conquista del reino de Nápoles en 1504.

“La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”.

Archirrepetida idea de Francisco de Quevedo (1580-1645), tal vez por ser la envidia, ya desde el Siglo de Oro, el mal nacional y el más importante y común de los siete pecados capitales.

“Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”.

Atribuida a Aixa, madre de Boabdil, el último rey nazarí de Granada, tras la conquista de la ciudad en 1492 por los cristianos.

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