El lenguaje es un instrumento de comunicación, y así debe usarse, para transmitir ideas, información o incluso sentimientos.
Pero hay una clase de gente, mucho más habitual entre mujeres que entre hombres, que gusta de hablar (si les dejan), durante horas y horas seguidas, diciendo gilipolleces, una tras otra, y no cosas con sustancia, como es lógico, debido a que:
- La probabilidad de decir tonterías aumenta con la cantidad de tiempo que se está hablando. Hay un dicho muy acertado y divertido sobre esto: “Más vale estar callado existiendo la sospecha de ser idiota, que hablar y despejar toda duda”. Otro dicho muy acertado: “Lo poco gusta y lo mucho cansa”.
- Las cotorras son del tipo de gente extrovertida, menos inteligente que la introvertida, lo cual es lógico y evidente, (y quien no se lo crea, tiene estudios hechos que lo prueban).
- El motivo más importante es que la naturaleza de esa verborrea es la carencia de una mínima capacidad de introversión y de “voz interior”. No es una verborrea transitoria que cualquiera puede sufrir en un momento determinado por un disgusto, un ataque de ira o por haber realizado una reflexión interesante. Por ejemplo, yo suelto unos buenos rollos aquí, pero no repito ideas. Son textos de análisis y reflexión sobre un asunto concreto, resultado de haber estado pensando o investigando dicho asunto previamente, y son textos escritos, que tampoco son demasiado largos de leer, para quien los quiera leer, no hablar por hablar sin cesar de cualquier asunto sin interés.
Por el contrario, las cotorras tienen verborrea permanente, producto de su carácter patológico. Lo que en el resto de la gente son pensamientos propios, interiores, que no salen hacia el exterior, (ni deben salir hacia el exterior), por ser pensamientos y reflexiones faltos de interés para el resto de la gente, o por ser cosas íntimas, en las cotorras, por el contrario, salen continuamente al exterior en forma de palabras.
- Las cotorras suelen tener una mentalidad obsesiva y repetitiva, que explica la duración de los rollos tan largos que sueltan (repetición constante de las mismas cosas). Al mismo tiempo, le transmiten a uno sus ideas obsesivas sobre los asuntos que les preocupan, (no confundirlo con que alguien normal te cuente un problema concreto un día; las cotorras son obsesivamente repetitivas siempre). Esto da idea del origen de su comportamiento verborrágico: una mentalidad obsesiva descargada al exterior.
El objetivo de las cotorras es encontrar a un pringao que les aguante sus rollos macabeos. Alguien de carácter introvertido que “sepa escuchar”. Dicen que saber escuchar es una virtud. Será una virtud desde el punto de vista de las cotorras, porque desde el punto de vista del infeliz que las tiene que aguantar, es un defecto. Y yo soy de esa clase de gente. Parece, además, que tengo imán para las cotorras. Antes, además, era más tímido y se me hacía más difícil librarme de semejante lapa que se me pegaba, pero con el paso del tiempo, uno adquiere soltura en despegar a esos pegajosos seres de encima, y además, es un gran placer hacerlo.
Porque hay que tener en cuenta, que a esa gente pesada no la aguanta nadie, con lo cual, despegártelos de ti es simplemente hacer lo mismo que todo el mundo hace con ellos, con lo que tu comportamiento no puede ser tachado de peor que la media. Pero si, por tener quizá falta de eso que llaman “habilidades sociales”, te los despegas de una manera excesivamente brusca y cortante, tampoco tendría ninguna gravedad, pues son ellos los que están abusando de ti, no tú de ellos. Son esas sanguijuelas las que quieren ocupar tu tiempo con sus gilipolleces, aburrirte y marearte, no al revés.
Las cotorras encima tienen la caradura de decir que “necesitan hablar”, como si su necesidad fuera justificación suficiente para satisfacerla. Yo también necesito el dinero que hay en el banco y no voy a atracarlo.
Así que, cuando aparezca una cotorra por el horizonte: ¡Patada en el culo y arreando!.