Raúl O. Leguizamón es médico (anatomopatólogo) y conferenciante mejicano que ejerece en Argentina.
Este es un texto contra el darwinismo muy bueno, y además tiene un inesperado sentido del humor que ameniza la lectura. Así que, aunque sea largo (que ya sé que en Internet a la gente no le gusta leer cosas largas), merece la pena (siempre merece la pena cuando uno termina de leerlo y se dice a sí mismo que ha sido algo que le ha aportado algo).

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Reflexiones no académicas, heterodoxas, incrédulas y blasfemas sobre la relación entre la verdadera ciencia y la fé evolucionista.
Introducción
Los dogmas de fé son muy difíciles -si no imposibles- de refutar con argumentos científicos. La historia de la humanidad lo atestigua sobradamente.
Nuestro tiempo no escapa, por cierto, a esta regla, ya que en la actualidad, como en todas las épocas, una buena cantidad de personas sigue obstinadamente creyendo cosas, no sólo desprovistas de todo fundamento científico, sino que, además, están en franca contradicción con el conocimiento científico que hoy poseemos.
Para dar un ejemplo, entre cientos, de lo expresado, me referiré a la insólita creencia actual de mucha gente -curiosamente, muchos de ellos científicos- de que el hombre desciende del mono.
Porque ha de saberse que el tan mentado y manoseado “antecesor común” del hombre y del mono, de quien hablan muchos científicos y divulgadores, no es ni puede ser otra cosa que un mono. El supuesto “antecesor común” sería llamado ciertamente mono por cualquiera que lo viese, afirmaba el ilustre paleontólogo de la Universidad de Harvard, George G. Simpson. Es pusilánime si no deshonesto, decir otra cosa, agregaba Simpson. Es deshonesto, agrego yo.
De manera que todos los esfuerzos de los antropólogos e investigadores en este tema, no se dirigen, en absoluto, a dilucidar, objetivamente y sin prejuicios, de qué modo se originó el hombre, sino de qué mono lo hizo.
En otras palabras: el postulado de nuestro origen simiesco es una convicción de la que se parte, y no una conclusión a la que se arriba.
Ahora bien, esta convicción, que muchos científicos y divulgadores sostienen encarnizadamente (¡hasta el punto de mostrarla al público como un hecho científico y demostrado!), es -por definición- algo que está fuera del campo de la ciencia experimental, que se basa, precisamente, en la observación y reproducción experimental del fenómeno bajo estudio. Cosas evidentemente imposibles en este caso.
De manera que, y a poco de respetar el significado de las palabras, esta creencia en el origen del hombre a partir del mono, es sólo una hipótesis de trabajo, una suposición, una conjetura, más o menos razonable, más o menos coherente, más o menos disparatada, pero siempre de carácter hipotético. No sólo no demostrada, sino, aún más -por definición-, indemostrable. Y la ciencia es demostración.
Lo que la ciencia puede legítimamente hacer a este respecto, es abordar el tema en forma indirecta, esto es, examinando la supuesta evidencia científica que demostraría la transformación del mono en hombre y, sobre todo, el mecanismo que se propone para explicar esta transformación, para ver si dicho mecanismo está en coherencia o en contradicción con las leyes científicas bien establecidas; o, al menos, con la sensatez.
En otras palabras, si bien la ciencia no puede decirnos cómo fue realmente el origen del hombre -por ser esto metodológicamente imposible-, sí puede decirnos, en cambio, como no pudo haber sido este origen.
Aclarado este punto, digamos que lo que hoy vemos (base primera del método científico) es que los hombres se originan de hombres, y que los monos engendran monos. Por consiguiente, y en razón del principio científico del uniformismo metodológico, según el cual el presente explica el pasado, lo legítimo es suponer que los hombres siempre se originaron de hombres y nunca de monos. Son los científicos que sostienen lo contrario (esto es, que alguna vez los monos engendraron hombres, o se transformaron en tales) los que llevan el peso de la prueba. Es decir, los que deberían llevarlo, si este tema fuese tratado con un mínimo de rigor y de honestidad científica.
Como no lo es, resulta que, paradójicamente, se acepta como dogma de fé (¡en nombre de la ciencia!) que el hombre desciende del mono; y a partir de este “dogma” se interpretan y manipulan los datos científicos.
Pero, ¿por qué -cabe preguntarse- esta convicción tan categórica sobre nuestro origen? ¿Cuáles son los fundamentos científicos para tamaña certeza? Bueno, como expresé más arriba, fundamentos propiamente científicos no los hay. La razón determinante y fundamental por la cual muchos autores creen que el hombre se originó a partir del mono, es porque ellos aceptan ciegamente la hipótesis evolucionista-darwinista, que así lo afirma. Y punto.
No obstante, como numerosos científicos, divulgadores, “charlatanes cósmicos” de la televisión, revistas “muy interesantes”, libros de texto y trovadores diversos nos saturan diariamente con las “evidencias científicas” que “demuestran”‘ el origen simiesco del hombre, vale la pena que analicemos sucintamente estas supuestas evidencias, “abrumadoras”", según los más fervorosos creyentes en la hipótesis evolucionista-darwinista.
Semejanzas
Pues bien, lector, aunque usted, como buen profano en el tema -al igual que yo-, nunca se haya dado cuenta o, lo que es más probable, nunca le haya otorgado la menor importancia, el hecho es que entre los monos y el hombre… ¡hay semejanzas!
Escrito por qbit
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